8 de mayo de 2012

Presentación de Desarraigo, de Harald Merkle


Siempre resulta difícil presentar. Tener que presentarnos o ser presentados. La complicación está en lo dificultoso de habitar el presente. Foucault dice de Kant que fue el primer pensador que reflexionó problemáticamente acerca del presente; que el texto “Qué es la Ilustración” se trata del primer intento por cuestionarse sobre la entidad y las condiciones del presente, sin tener que recurrir al pasado o al futuro para tener que explicarlo.

Incluso, hoy en día no deja de ser complicado explicar qué es el presente, de qué somos contemporáneos. Con tantos grandes avances tecnológicos siempre estamos desactualizados: la novedad de los sucesos que pasan cotidianamente nos dejan fuera de lo que está sucediendo realmente en este momento. Como ejemplo, recuerden a Alicia en A través del espejo, cuando persigue a la Reina Roja que, interrumpió de golpe la conversación con ella y se puso a correr de repente sin razón alguna. Alicia, en un momento le pidió que se detuviera, porque hacía diez minutos que estaban corriendo y, no sólo se sentía cansada, sino que le llamaba la atención que no se hubieran movido del lugar y permaneciesen todavía al lado del árbol. Entonces la Reina le contestó que, si quería moverse, debería correr el doble de rápido. Fabulosa descripción del mundo actual: si queremos progresar, “debemos correr el doble de rápido”; y, si no corremos, nos quedamos en el pasado.

Bien, el presente tiene sus condiciones para habitarlo, para estar en él. Y en este sentido, la presencia en el presente también las tiene. Más aún cuando quien debe presentarse es un extranjero. Porque a un extranjero se lo obliga a tener que presentarse. Kafka cuenta en El Castillo que los forasteros no son aceptados porque nunca se sabe cuáles son sus intenciones. Los griegos tal vez eran un poco más amables con los extranjeros que los vecinos del Castillo con el agrimensor kafkiano. Porque parece ser que los antiguos griegos eran bastante hospitalarios, y recibían muy bien a sus visitantes. Primero le daban de comer, le preparaban un banquete, con cantos y danzas. Así al menos cuenta Jenófanes en su poema: antes que nada había que cumplir con todos los deberes de hospitalidad; y tras las avellanas y el vino, recién comenzaban las preguntas al viajero sobre su persona y de dónde venía. Después del agasajo y la hospitalidad, las interrogaciones y la obligación de responder por la identidad. 

Y hasta aquí podríamos suponer que el libro Desarraigo de Harald Merkle, que hoy estamos presentando por Editorial “La Colisión”, se trata de la historia de un alemán que testimonia su paso por Buenos Aires. Las anécdotas de un exiliado temporario que, como Ulises, se enfrenta a cada paso con el dilema de si quedarse o regresar a su patria. Pero nuestra suposición sobre el libro de Merkle se cae, cuando nos damos cuenta de que no narra simplemente la mirada de un extranjero en Buenos Aires. Claro que aquí no estamos haciendo un juicio moral. Todo lo contrario, porque encuentro que en la lectura del libro de Merkle aparece algo más que una descripción de su larga estadía, de las vicisitudes y problemas financieros que enfrentó. Porque el autor no se queda sitiado en la presentación de decirnos quién es, de demarcar cuál es su identidad y testificar por la preferencia de sus gustos y costumbres. No se ve obligado a presentarse, sino que pasa subrepticiamente por ese discurso preestablecido y excluyente, y habita su presencia en Buenos Aires desde un rol más activo: Merkle nos interpela. Cuando se cuestiona a sí mismo, a su vez, nos pregunta qué, cómo y por qué.

En primer lugar, interpela al escritor. Se pregunta ¿qué es un escritor? Aquí, en la “Feria del Libro”, emerge un libro que se pregunta qué significa ser escritor. Y la respuesta se da del mejor modo posible: escribiendo. Henry Miller cuenta en sus novelas que tomaba su máquina de escribir y escribía todo lo que se le venía a la cabeza. Merkle toma el modelo de la “escritura automática” y deja que el golpeteo de las teclas marque el curso de la redacción. Y es esta escritura non stop la que lo ayuda a detectar los bloqueos, las censuras, las trabas que le impiden decir: y que son para él la madre, el padre y el profesor de música. Una vez detectados, basta con nombrarlos, escribirlos, y continuar, cuestionando…

Así sus preguntas se exteriorizan como las de un niño sin vergüenzas o, mejor dicho, al igual que las de alguien para quien las preguntas son más importantes que la vergüenza. Porque en sus preguntas hay una búsqueda, un intento por regresar al centro. No obstante, su escritura no es abstracta, mecánica: ya que, siguiendo sus palabras, dice que no le da lo mismo escribir de un modo automático por la tarde que por la mañana. En definitiva, el fondo es el que acompaña la acción.

Y en este sentido, podemos decir que se trata de un fondo erótico, libidinal, sexual. Son sus relaciones con las prostitutas. Pero así está mal expresado. Porque ese fondo que se materializa en la superficie de la escritura nos lleva a cuestionarnos cómo entendemos el vínculo de los clientes con las trabajadoras sexuales, sobre el imaginario que se tiene acerca de la industria sexual. Merkle se sale del típico cliente que simplemente mantiene una cita formal con una trabajadora del sexo. Y en sus relatos construye una mirada que recorre tanto los intereses sexuales del narrador como los problemas económicos que enfrentan las prostitutas. Pero no con el fin de declamar lo injusto de esta situación. No, no de ese modo. Sino analizando una relación compleja donde por detrás hay un tipo solitario que busca compañía, tal vez algo de amor, y una mujer que no se reduce a un objeto sexual, sino que, en el desarrollo de esa actividad intervienen los problemas económicos y familiares: la manifestación de una vida que excede e irrumpe en los momentos de encuentro fugaces.

Y por último, Merkle nos obliga a interpelarnos con nuestra historia. Hace de un modo implícito la pregunta incómoda: la pregunta por qué. Nos lleva al lugar de plantearnos y tener que dar una respuesta. Aquí, nuevamente somos nosotros quienes debemos dar cuenta del desarraigo con nuestro pasado y nuestra memoria. Porque se trata de una pregunta que se dirige a esa “población que no sabía nada sobre los secuestros, torturas y asesinatos por los militares”. De ninguna manera podemos quedarnos con la caduca visión de los dos terrores; aunque tampoco podemos aceptar regresar a la memoria que asusta con las imágenes de los torturadores y genocidas, pero se olvida del coraje y la fuerza política de los jóvenes. Aquella es una pregunta que Primo Lévy también le dirige al pueblo alemán. ¿Por qué? Una interpelación que viene y va, de Alemania a Argentina, de Argentina a Alemania, y es clave para poder habitar nuestro presente.

En fin, son tres interpelaciones las del libro de Merkle: qué, cómo y por qué. Tres núcleos conceptuales: escribir, sexo y dictadura. Una tríada que se yuxtapone entre sí y cobra diversas dimensiones a lo largo del relato. Una interpelación a que seamos nosotros, hoy aquí reunidos, quienes nos tengamos que presentar.

1 de mayo de 2012

la ruta del caracol



sonido
perdido en el abismo
eco de sí
nadie oye tu esencia

arrastra y se va
abigarrados sistemas de la angustia
melancolía transformada en sollozos blandos

se va, se va
cargada de ilusiones perdidas
debemos enfrentarnos

zapatos vacíos,
máquinas de afeitar
el sol de enero
    la sal gruesa



tus lunares


 
pasadizos tropicales
asteroides barrocos
epidermis revuelta
treinta y siete grados
respiran y exhalan
magno éter de salinas

poros ístmicos
volcanes escupiendo
aire símil a fuego
agua símil a tierra

circunstancias
de un pasado cuasiperfecto
brotan añejas


I. Las anotaciones proféticas de Quetzalcoátl


No lleva vestidos blancos, no precisa representar la pureza espiritual de los sacerdotes. Tampoco tiene el traje gris de los sabios, desgastado por el tiempo, recubierto por el polvillo de los libros. Su túnica es púrpura, como la de los iniciados eleusinos, la de Heráclito, Empédocles y Zarathustra. No son manchas de sangre. Es borravino.

 
La intelección profética emana en la imaginación, más allá de la razón y de la vigilia. No se puede criticar la veracidad predictiva sin antes haber evaluado la supuesta necesariedad del pasado. Los profetas no injieren control en el gobierno de las palabras. Son portavoces de los movimientos populares extáticos, de las manifestaciones divinas de un canto colectivo.

10 de febrero de 2012

Antidialéctica: una inminencia práctica

(Prólogo al libro de M. C. Fernández, El cuerpo universal según Spinoza y Nietzsche, de Editorial "La colisión": www.lacolision.com.ar)


A partir de los trabajos de Gilles Deleuze nos volvemos a encontrar con un devenir-Spinoza de Nietzsche: desde la presentación monográfica de Nietzsche y la filosofía a los diversos artículos que aparecen en Spinoza: filosofía práctica y, sobre todo, en las clases que dictó durante los años 1978, 1980 y 1981. A la inversa, también podríamos mencionar un devenir-Nietzsche de Spinoza, una historia subterránea ligada por “las tesis que implican una triple denuncia: de la conciencia, de los valores y de las pasiones tristes” . Y tal como nos advierte desde el principio M. C. Fernández, ambos autores se vinculan por una preocupación de carácter íntimamente práctico.

En efecto, Nietzsche y Spinoza se entrelazan y manifiestan una ética que, por un lado, percibe y comprende sus límites para establecer relaciones; pero, por otro lado, se asevera políticamente. No obstante, nunca mantienen una moral de obediencias impuestas. Es la actuación de una praxis donde el sí mismo no aparece ni como sujeto, ni mucho menos como individuo. Más bien resulta ser una composición singular y, al mismo tiempo, un cúmulo de relaciones de fuerzas: la continua creación de una máquina de guerra irreductible a las configuraciones preestablecidas, que se afirma constantemente en contra de un espacio absoluto de dominación.  Porque mientras que una moral se basa en valores, en determinaciones esencialistas, la ética consiste en la sutil tarea de “pesar las cosas” –y probar sus relaciones con las demás–. En este sentido, el libro de Fernández es una interesante introducción a las perspectivas ontológicas de Spinoza y Nietzsche, y con ello, a los sugerentes problemas prácticos que afloran, como la crítica de la teleología y de los valores en sí.

Ahora, si bien las ontologías presentes en ambos autores ofrecen una salida sumamente práctica, no debemos olvidarnos que desde la antigüedad toda Ética va acompañada inseparablemente de una Política. Porque de fondo resuena una pregunta, un cuestionamiento sobre la actualidad del lazo entre Nietzsche y Spinoza. ¿Por qué hoy deberíamos interesarnos en el parentesco de ambos filósofos? ¿De qué modo estos pensadores alejados en el tiempo se conectan y dan un nuevo enfoque al presente? ¿Se puede decir que son contemporáneos nuestros (más allá de las modas)?

En primera instancia, nos atreveríamos a adjudicarles una impronta antidialéctica. Althusser fue uno de los primeros en formular una lectura de este tipo sobre el marxismo –ya Bernstein había criticado las bases dialécticas de El Capital–; y para ello rescata solamente el libro de Engels, La situación de las clases obreras en Inglaterra, y de Marx las Notas sobre Wagner junto al capítulo sobre la acumulación primitiva. En consonancia con esta apretada selección, escindida del materialismo dialéctico (o materialismo histórico), Althusser trabaja en un “sobrematerialismo” o, como a él le gusta llamarlo, un “materialismo de la lluvia”: un materialismo puro basado en la desviación, el encuentro de los elementos y su toma de consistencia. Así revisa la filosofía de Epicuro, Maquiavelo, Rousseau y, especialmente, la de Spinoza (llegando al extremo de formular la paradoja de que Dios es igual al vacío, que Dios es igual a la nada), entre otros autores. Porque toda crítica del idealismo va acompañada de un antihegelianismo profundo. Según Althusser, si se quiere volver a leer a Marx de un modo materialista no sólo se deberá separarlo del idealismo en que habita, sino que primero habría que volver sobre los textos de Maquiavelo y de Spinoza.

También sabemos que hay una frase en cuestión, la que le escribe Spinoza en una carta a su amigo Jelles: omnis determinatio est negatio . Hegel le recriminará no haber tenido en cuenta la potencia de lo negativo, y hará de la sustancia un sujeto y de la contradicción su motor. Y en 1801 escribirá provocativamente, como tesis para la incorporación en la Universidad de Jena, que “la contradicción es regla de lo verdadero, la no contradicción de lo falso” . Será recién Deleuze quien recupere definitivamente la teoría spinozista como una eliminación radical de la ficticia negación, como una filosofía de la vida basada en el concepto de diferencia.
En otras palabras, Nietzsche y Spinoza son para Deleuze los filósofos de la creación, de la agresividad que contiene toda afirmación positiva. Son críticos de la representación de la identidad y de los fantasmas de la contradicción. De Nietzsche también algunos autores quisieron hacer una dialéctica (Jaspers era uno de ellos); sin embargo, basta con citar al superhombre y la verdadera crítica de los valores para notar su rechazo del idealismo y de lo negativo: Dionysos es, desde un origen, el dios del “sí”.

Quizá todavía haya que realizar un estudio sobre la amalgama deleuziana entre la física spinozista, del contacto entre cuerpos, y la acción a distancia de las fuerzas nietzscheanas. Ello nos ayudaría a comprender un poco mejor el funcionamiento de las armas y las máquinas de guerra. Sin embargo, regresar a Spinoza y a Nietzsche no resulta únicamente una simple cuestión de rehúso de la dialéctica sino, ante todo, la actualidad de una toma de posición a favor de la vida y la alegría. Porque quienes detentan algún ejercicio de poder, ya sean políticos o religiosos, siempre tienen la necesidad de inspirar pasiones tristes, de anteponer el “no”. Y la dialéctica es sólo una de sus variaciones: una fuerza debilitada que ya no actúa y reacciona por resentimiento. Es la moral del esclavo que busca hundirnos con sus depresiones, el nihilismo del sufrimiento que acusa a la vida y justifica la culpa, la interiorización del dolor. “El retrato del señor que nos presenta Hegel es, desde el inicio, un retrato hecho por el esclavo” . En fin, retomando la conclusión de Fernández, el estudio de Spinoza y Nietzsche en clave deleuziana es apenas un punto de partida, un proceso de liberación de los poderes que buscan ejercer su dominio; empero, ello indica también un axioma que, en toda su intensidad afirmativa, se expresa como un ejercicio de práctica libertaria.

Algunidades: inversión del lema revolucionario


Con la intención de caer en una disquisición extra-biopolítica, quisiera partir del lema de la Revolución Francesa y pensar lo político de otro modo: “Liberté, egalité, fraternité ou la mort!”. Generalmente, defensores y antagonistas de la democracia representativa (o participativa) se han enfocado únicamente en los problemas que representan las categorías de libertad y de igualdad, desplazando la potencia práctica del tercer concepto. Y una garantía de ello se encuentra en la frase “trabajo, familia y patria”, que impuso el gobierno de Vichy durante la Segunda Guerra Mundial para reemplazar el lema revolucionario. Durante la ocupación alemana de Francia no sólo se quiso evitar la subversión, a la que invita el grito activista. También se acomodó y regularizó su interpretación. No obstante, lo más extraño de ello no fueron las disonancias restrictivas entre “libertad” y “trabajo”, o “igualdad” junto a “familia”; sino la identificación casi sinónima de “fraternidad” con “patria”. Por ello, una pregunta totalmente anacrónica que deseo formular, empero ontológicamente coyuntural, es plantear cuáles son los lazos que establece la fraternidad, quiénes son los hermanos y las hermanas. Seguro se puede pensar inmediatamente en una lista de denominadores comunes: Nación, Estado; obviamente patria y democracia, pero ¿y pueblo? ¿Es posible pensar en la fraternidad del pueblo o, dicho de otro modo, en un pueblo unido fraternalmente? Me parece que en esto existe un equívoco fundamental...

Probablemente todas estas preguntas estén todavía mal formuladas, o peor aún, adolezcan de incomprensión y no entiendan el fondo del asunto. Sin embargo, con todo ello, algo emerge y desborda por todas partes: la fricción entre las categorías del lema francés –vox populi–. Algo que, conservado como un status quo sacralizado, cancela todo acto subversivo, paraliza toda revolución y desfigura estructuralmente cualquier micro-praxis política. Mientras que, de algún modo, los conceptos de libertad y de igualdad se establecen como derechos éticos positivos, la fraternidad aparece siempre concebida como un valor moral de hecho, un marco de pseudo unidad universal entre sus simpatizantes –y totalitario para quienes no canten la misma canción–. Por eso, no sólo quiero invertir, y luego afirmar genealógicamente la categoría de fraternización para desorientar algunos contornos políticos. Porque no anhelo realizar una suposición vacía, neutral; sino que propongo trastocar de algún modo los elementos de la fraternización para conjugarlos con el incipiente concepto de ALGUNIDADES. Es decir, rescatar la antigua clasificación aristotélica de formas de gobierno, según el número de personas que ejercen el poder, y destituir de ellas las relaciones que establecen el gobierno del uno y el del todo (Uno-Todo). Así, entremezclar los elementos de la fraternidad revolucionaria con el poder de los pocos, para hacer pasar el uno por el otro, y pensar políticamente sobre la práctica de la hermanización entre la potencia de las algunidades (qua composición spinozista).


La búsqueda de la procedencia no funda, al contrario:
 remueve aquello que se percibía inmóvil, fragmenta
 lo que se pensaba unido
(M. Foucault – Microfísica del poder)

Si bien resulta seductor suponer las consecuencias absolutas de la inversión del lema revolucionario francés, y con ello hablar de una moral de libertad o una esencia plausible de igualdad (?), uno de los objetivos planteados se encuentra en deformar, llevar a su límite el concepto de fraternidad. Porque la moral de la fraternidad se sostiene como una esencia de unidad entre hermanos, un axioma que apacigua las diferencias aparentes “por el bien de la causa común”: son quienes, ante un proceso de liberación situacional, se encuentran en la misma vereda –la homogeneización de los iguales–; pero ello no siempre indica una práctica de la libertad, y en el peor de los casos inmoviliza, restituyendo un estado de dominación.

El doble mecanismo de delimitación (tácita), de cualquier constitución por medio de la fraternidad, por un lado establece la esencia que se debe cumplir y, por otro lado,  distribuye jerárquicamente las autoridades competentes, controladoras de tal orden organizativo. Funciona en cualquier nivel estratégico bajo la (engañosa) fórmula apodíctica de “el pueblo unido jamás será vencido”. Cualquier acción divergente siempre estará en contra de la causa, opuesto a los principios originarios de la lucha, y por lo tanto, será repudiada. Ahora, el hecho de cortar con este lazo de hermandad, y fraternizar (¡incluso como si fueran hermanxs!) con quienes no están unidos, vinculados de tal modo, ya de por sí es una traición con todas las letras a la estructura de la organización. La primera advertencia para no hacerlo se fundamenta en la solidez de la construcción, porque volver a comenzar significaría retomar perpetuamente todo desde cero. Sin embargo, la práctica de la fraternización permite volver a comenzar algo que se encontraba suspendido, coartado por las regularizaciones morales (de la fraternidad). Es en este sentido donde me gustaría tomar sintéticamente dos aclaraciones como punto de partida. Por una parte, quisiera retrotraerme a una peculiaridad de la mística franciscana; y por otra parte, apenas mencionar una breve cuestión sobre el término latín frater.

Me parece que en alguna parte de Políticas de la amistad, Derrida habla de frater (hermano) y de sor (hermana). Más allá de sus explicaciones etimológicas, inmediatamente se puede apreciar que la utilización del concepto de hermanización podría suplantar al de fraternización, desvinculándolo así de la clasificación por géneros. En ese caso, ya no se iniciaría una relación exclusiva entre hermanos (una fraternización), sino que se establecería una hermanización por fuera de la clase masculina.

Por otra parte, el misticismo ético de Francisco de Asís se manifiesta cuando realiza sus cantos al “Hermano Sol, Hermana Luna –continuando con las piedras, el agua, etc.–”: su política de fraternización (i. e. hermanización) no está dada por los presuntos límites de una comunidad cristiana universal (la Iglesia del pueblo de Dios), mucho menos por los de una supuesta humanidad. Es más, en algún momento llega hasta el paroxismo místico de predicarles a las aves. Previo a todo Renacimiento humanista, la imagen de Francisco de Asís (sin canonizar) es una figura religiosa del Medioevo que articula la fraternización del cristianismo como una máquina de guerra exterior, arrasando toda interioridad jurídico-sacerdotal preestablecida moralmente.


Tenemos el poder de descomponer... pero no es un poder global
de descomponer, siempre hay que descomponer de una manera precisa
(G. Deleuze – En medio de Spinoza)

Es posible suponer valores universales de fraternidad en la conversión absoluta al “franciscanismo”. No obstante, ello no es así. Y esto lo representa maravillosamente Nikos Kazantzakis en el Pobre de Asís, cuando Francisco se cruza en el camino con un pueblo que desea abandonar su habitual forma de vida para seguirlo: él los rechaza inmediatamente, porque así no funcionan las cosas. La categoría de hermanización nunca es universal, no es para todos, sino se autosuprimiría a sí misma, reestableciéndose nuevamente como hermandad moral. Llevarla a la práctica requiere siempre más de uno y de dos, tampoco tiene nunca un tres como fin. Plantear una ética de la hermanización pone a prueba una nueva relación entre algunos elementos, pero también dispone una separación necesariamente radical de otros elementos (otras relaciones que no se efectúan). Fundamentalmente es una acción de vínculos compositivos con nuevos elementos, que de algún modo repercuten en la descomposición de otros elementos ya establecidos. Es un flujo de la potencia. Quizá la clasificación de las formas de gobierno pueda ayudar a esclarecer o distorsionar este embrollo lógico.

Aristóteles discriminaba los tipos de gobierno de forma numérica. Según él, el poder se podía ejercer por uno, por pocos o por todos. No obstante, el problema que ello representa se encuentra en la sujeción del concepto de pocos, ligado al de uno y al de todos. Algo similar ocurre con la lógica de clases, cuando en el cuadrado de la oposición se subsumen los “algunos” al “todos (o ninguno)”. Plantear las algunidades significa pensar políticamente en un flujo de potencia donde los algunos estén separados del Uno-Todo. Si esto se lo tuviera que pensar desde una lógica del excedente, se podría decir que el régimen del Uno-Todo captura constantemente los algunos, reduciéndolos a unidades-totalidades, inscribiéndolos políticamente en la moral de la fraternidad: allí donde haya un pueblo o una asamblea de ningún modo pueden haber fragmentaciones, porque sino se presentaría una “división de las fuerzas”. No sólo como cuestión cuantitativa, incluso cualitativa. Porque aceptar una “lógica de los algunos”, atados al uno-todo, reduce toda fuga de composiciones hasta aplacarlas. En el caso de una asamblea, el marco moral de la fraternidad instaura la homogeneidad identitaria de sus participantes, y las discusiones (supuestamente antagónicas) entre algunos deben reducirse a la unidad de la totalidad. Allí, nunca son posibles las multiplicidades. Sin embargo, extralimitarse en el concepto de hermanización no sólo implica instaurar una lógica de las algunidades, sino pensar políticamente en un constante devenir-de-la-lucha contra la reducción del uno-todo.

Las algunidades por lo tanto son irreductibles: significan mantenerse en la afirmación aristocrática de sí que propone Nietzsche, pero también implican la hermanización y composición con algunidades que la resquebrajen en su propio seno, aceptando la diferencia para sí, evitando toda posible reducción y funcionando como una lógica de lo excedente: en la medida que se compone cualquier relación, se descomponen algunas relaciones y se recomponen otras. Ya no sería una cuestión deleuziana de universales-singulares-inmanentes, sino el flujo de cualesquiera-algunidades-concretas. La hermanización de algunidades es un llamado a la subversión, a la acción directa: una crítica a las no tan ingenuas propuestas de unidad, que procuran destituir las diferencias. Es un rechazo a la unanimidad representativa, es una efusión activista en la disolución inminente.

Algunas distinciones entre ética y moral, en tres enfoques sobre Adán y el árbol del medio: III. Porqué Cioran es moralista

   Cioran introduce misteriosamente una novedad en la interpretación de Adán y el árbol del medio, que en algunos sentidos se distancia de la exégesis canónica del suceso, pero por sobre todo de la visión práctica de Spinoza. Si bien Cioran incorpora un elemento poco frecuente (el deseo de la muerte), no obstante, no sólo concibe a Dios de un modo clásico y trascendente, sin tener en cuenta, tal vez, los cuestionamientos filosóficos sobre la conservación del movimiento; sino que también pone en funcionamiento la moral del sistema del juicio en su doble sentido, como moral de las esencias y de los valores.

   En primer lugar, Cioran sostiene que Adán siempre tuvo el deseo de morir, aún antes de acercarse al árbol del conocimiento. Esto se puede argumentar con la suposición de que inconscientemente envidiaba a Dios, o por la facilidad con que accedió a la tentación de Eva y la serpiente. Además, los motivos para querer morir podrían surgir por entender a la muerte como una separación tajante del Creador, una fisura irreparable del Ser de la Creación. Es en este sentido que se mantiene la tradición ortodoxa de concebir a Dios como creador de todas las cosas; y no de la forma filosófica y audaz, planteada por Spinoza, como causa inmanente. No es que deba hacerlo de esta manera, pero por ello también se podría decir que es Cioran un moralista (aclamado por Savater).

   En suma, la tentación a la que accedió Adán fue la de querer igualarse con el conocimiento divino. Por ello agrega Cioran que Dios no le prohibió el árbol de la vida. Porque la inmortalidad de ningún modo podría ser algo seductor para Adán, ya que formaba parte de las reglas del lugar; y tampoco Dios podría temer la eternidad de un ignorante. En otros términos, en el árbol del conocimiento estaba en juego la muerte como novedad, que según la oscura interpretación de Ciorán, ya formaba parte del apetito esencial de Adán: “(…) lo que el hombre pedía era morir; queriendo igualar a su Creador por el saber y no por la inmortalidad, no tenía ningún deseo de aproximarse al árbol de la vida, no tenía interés alguno; de eso se dio cuenta Jehová puesto que no le prohibió el acceso a él: ¿por qué temer la inmortalidad de un ignorante? (…)” . Las consecuencias de este deseo se circunscriben en la tesis que anticipa el título del libro de Cioran, que al desear el saber Adán cae en el tiempo, introduce la historia. Ahora bien, más allá de lo interesante de este planteo, hay que tener en cuenta otros factores de carácter práctico. Porque, según Cioran, el tipo de conocimiento que obtiene finalmente el hombre, por medio de Adán, es una perdida del secreto de la vida. A pesar de que con el deseo de muerte, como conocimiento novedoso, por medio de la caída se introduzca el tiempo y la historia, en contraposición a la insípida tranquilidad del paraíso, sin embargo, no se accede al corazón de la Verdad (al contrario, se aleja del Ser). Para Cioran, el hombre cae en la falsedad, su conocimiento queda entrelazado con el flujo del devenir, impidiéndole obtener un conocimiento de lo verdadero, de las cosas y de sí mismo. Esto significa que, pensado con la lógica del sistema del juicio, todos los juicios de los hombres siempre serán falsos, plausibles de ser juzgados por medio de la eternidad del Bien y la Verdad divina: “(…) Al haber perdido el secreto de la vida y hacer un rodeo demasiado grande para poder reencontrarla y reaprehenderla, se aleja cada día un poco más de su antigua inocencia, cae sin parar de la eternidad [argumenta Cioran] (…)” .

   En fin, se puede advertir que en el novedoso planteo de Cioran sobre Adán y el árbol del medio, se instala nuevamente el sistema del juicio. Y en términos morales podemos adjudicarle dos puntos característicos. Uno que se relaciona con el desarrollo del conocimiento humano, de la falsedad de la realidad humana; y otro con el regreso al paraíso. Porque Cioran plantea que, luego de la ruptura entre Adán y Dios, el hombre y su descendencia avanzan en falso; se le niega su obrar como algo superfluo y metafísico, carente de esfuerzo en la búsqueda de los valores eternos y verdaderos. Los tintes esencialistas de esta proposición son casi evidentes; y resaltan más aún cuando se propone regresar al saber divino: definitivamente Cioran está hablando desde una moral de la esencia y de los valores. Impugna toda potencia de las singularidades, toda la realidad de la que ellas son expresión; y les adjudica pasos ficticios, en tanto no son aceptados desde el dominio del juicio divino. Además, Cioran recalca que se debe dejar de permanecer en esa modalidad falsa, negativa, para volver a la vida eterna (fin hacia el que apunta su moral de los valores): “(…) Desviación eufórica del malestar original [sostiene Cioran], de esa falsa inocencia que despertó en nuestro ancestro el deseo de lo nuevo, la fe en la evolución, en la identidad del devenir y del progreso, sólo se terminará cuando el hombre, llegado a su límite, al extremo de su extravío, de vuelta por fin hacia el saber que lleva a la liberación y no al poder, esté apto para oponer irrevocablemente un no a sus hazañas y a su obra (…)” . En conclusión, como se puede notar claramente, la caída del hombre en el tiempo encuadra moralmente la singularidad de cada existencia: tanto cuando a partir de una concepción moralista, de corte esencialista, se concibe a Adán y su descendencia como un desvío del Ser verdadero; como cuando estas acciones son juzgadas y sancionadas a tomar el camino verdadero, fin correcto y último para los administradores competentes del castigo (en este caso, la oscura e insomne figuración de Cioran).