Siempre resulta difícil presentar. Tener que presentarnos o ser
presentados. La complicación está en lo dificultoso de habitar el presente. Foucault
dice de Kant que fue el primer pensador que reflexionó problemáticamente acerca
del presente; que el texto “Qué es la Ilustración” se trata del primer intento
por cuestionarse sobre la entidad y las condiciones del presente, sin tener que
recurrir al pasado o al futuro para tener que explicarlo.
Incluso, hoy en día no deja de ser complicado explicar qué es el
presente, de qué somos contemporáneos. Con tantos grandes avances tecnológicos
siempre estamos desactualizados: la novedad de los sucesos que pasan
cotidianamente nos dejan fuera de lo que está sucediendo realmente en este
momento. Como ejemplo, recuerden a Alicia en
A través del espejo, cuando persigue a la Reina Roja que, interrumpió de
golpe la conversación con ella y se puso a correr de repente sin razón alguna.
Alicia, en un momento le pidió que se detuviera, porque hacía diez minutos que
estaban corriendo y, no sólo se sentía cansada, sino que le llamaba la atención
que no se hubieran movido del lugar y permaneciesen todavía al lado del árbol.
Entonces la Reina le contestó que, si quería moverse, debería correr el doble
de rápido. Fabulosa descripción del mundo actual: si queremos progresar,
“debemos correr el doble de rápido”; y, si no corremos, nos quedamos en el
pasado.
Bien, el presente tiene sus condiciones para habitarlo, para estar en
él. Y en este sentido, la presencia en el presente también las tiene. Más aún
cuando quien debe presentarse es un extranjero. Porque a un extranjero se lo obliga
a tener que presentarse. Kafka cuenta en El
Castillo que los forasteros no son aceptados porque nunca se sabe cuáles
son sus intenciones. Los griegos tal vez eran un poco más amables con los
extranjeros que los vecinos del Castillo con el agrimensor kafkiano. Porque
parece ser que los antiguos griegos eran bastante hospitalarios, y recibían muy
bien a sus visitantes. Primero le daban de comer, le preparaban un banquete,
con cantos y danzas. Así al menos cuenta Jenófanes en su poema: antes que nada había
que cumplir con todos los deberes de hospitalidad; y tras las avellanas y el
vino, recién comenzaban las preguntas al viajero sobre su persona y de dónde
venía. Después del agasajo y la hospitalidad, las interrogaciones y la
obligación de responder por la identidad.
Y hasta aquí podríamos suponer que el libro Desarraigo de Harald Merkle, que hoy estamos presentando por
Editorial “La Colisión”, se trata de la historia de un alemán que testimonia su
paso por Buenos Aires. Las anécdotas de un exiliado temporario que, como
Ulises, se enfrenta a cada paso con el dilema de si quedarse o regresar a su
patria. Pero nuestra suposición sobre el libro de Merkle se cae, cuando nos
damos cuenta de que no narra simplemente la mirada de un extranjero en Buenos
Aires. Claro que aquí no estamos haciendo un juicio moral. Todo lo contrario,
porque encuentro que en la lectura del libro de Merkle aparece algo más que una
descripción de su larga estadía, de las vicisitudes y problemas financieros que
enfrentó. Porque el autor no se queda sitiado en la presentación de decirnos
quién es, de demarcar cuál es su identidad y testificar por la preferencia de sus
gustos y costumbres. No se ve obligado a presentarse, sino que pasa
subrepticiamente por ese discurso preestablecido y excluyente, y habita su
presencia en Buenos Aires desde un rol más activo: Merkle nos interpela. Cuando
se cuestiona a sí mismo, a su vez, nos pregunta qué, cómo y por qué.
En primer lugar, interpela al escritor. Se pregunta ¿qué es un
escritor? Aquí, en la “Feria del Libro”, emerge un libro que se pregunta qué
significa ser escritor. Y la respuesta se da del mejor modo posible:
escribiendo. Henry Miller cuenta en sus novelas que tomaba su máquina de
escribir y escribía todo lo que se le venía a la cabeza. Merkle toma el modelo
de la “escritura automática” y deja que el golpeteo de las teclas marque el
curso de la redacción. Y es esta escritura non
stop la que lo ayuda a detectar los
bloqueos, las censuras, las trabas que le impiden decir: y que son para él la
madre, el padre y el profesor de música. Una vez detectados, basta con
nombrarlos, escribirlos, y continuar, cuestionando…
Así sus preguntas se exteriorizan como las de un niño sin vergüenzas o,
mejor dicho, al igual que las de alguien para quien las preguntas son más
importantes que la vergüenza. Porque en sus preguntas hay una búsqueda, un
intento por regresar al centro. No obstante, su escritura no es abstracta,
mecánica: ya que, siguiendo sus palabras, dice que no le da lo mismo escribir
de un modo automático por la tarde que por la mañana. En definitiva, el fondo es
el que acompaña la acción.
Y en este sentido, podemos decir que se trata de un fondo erótico,
libidinal, sexual. Son sus relaciones con las prostitutas. Pero así está mal
expresado. Porque ese fondo que se materializa en la superficie de la escritura
nos lleva a cuestionarnos cómo entendemos el vínculo de los clientes con las
trabajadoras sexuales, sobre el imaginario que se tiene acerca de la industria
sexual. Merkle se sale del típico cliente que simplemente mantiene una cita
formal con una trabajadora del sexo. Y en sus relatos construye una mirada que
recorre tanto los intereses sexuales del narrador como los problemas económicos
que enfrentan las prostitutas. Pero no con el fin de declamar lo injusto de
esta situación. No, no de ese modo. Sino analizando una relación compleja donde
por detrás hay un tipo solitario que busca compañía, tal vez algo de amor, y
una mujer que no se reduce a un objeto sexual, sino que, en el desarrollo de
esa actividad intervienen los problemas económicos y familiares: la
manifestación de una vida que excede e irrumpe en los momentos de encuentro
fugaces.
Y por último, Merkle nos obliga a interpelarnos con nuestra historia.
Hace de un modo implícito la pregunta incómoda: la pregunta por qué. Nos lleva
al lugar de plantearnos y tener que dar una respuesta. Aquí, nuevamente somos
nosotros quienes debemos dar cuenta del desarraigo con nuestro pasado y nuestra
memoria. Porque se trata de una pregunta que se dirige a esa “población que no
sabía nada sobre los secuestros, torturas y asesinatos por los militares”. De
ninguna manera podemos quedarnos con la caduca visión de los dos terrores;
aunque tampoco podemos aceptar regresar a la memoria que asusta con las
imágenes de los torturadores y genocidas, pero se olvida del coraje y la fuerza
política de los jóvenes. Aquella es una pregunta que Primo Lévy también le
dirige al pueblo alemán. ¿Por qué? Una interpelación que viene y va, de
Alemania a Argentina, de Argentina a Alemania, y es clave para poder habitar
nuestro presente.
En fin, son tres interpelaciones las del libro de Merkle: qué, cómo y
por qué. Tres núcleos conceptuales: escribir, sexo y dictadura. Una tríada que
se yuxtapone entre sí y cobra diversas dimensiones a lo largo del relato. Una
interpelación a que seamos nosotros, hoy aquí reunidos, quienes nos tengamos
que presentar.



