20 de noviembre de 2015

I. Viaje al Oeste



Viaje al Oeste: Las aventuras del rey Mono, Anonimo del siglo XVI
(traducción del chino de Enrique P. Gatón e Imelda Huang-Wang,
Ediciones Siruela, España, 2004)
---ADAPTACIÓN---



I. Cuanto existe tiene su origen en la raíz divina. El tao surge directamente de la fuente misma de la moralidad

La escritura dice: En el principio sólo existía el Caos. El Cielo y la Tierra formaban una masa confusa, en la que el todo y la nada se entremezclaban como la suciedad en el agua. Había una niebla que ningún ojo humano logró ver; pero Pan-Ku, el primer ser humano, consiguió dispersarla. Lo puro quedó separado de lo impuro y apareció la bondad, que esparció bendiciones sobre todas las criaturas. El que se acerca al mundo de la luz descubre el camino que conduce al reino del bien.

En el Cielo y la Tierra el tiempo se divide en doce. Así, en la tierra transcurre cada etapa cada dos horas. A Dhzu le corresponde la mañana, cuando todo es oscuro y no se aprecia la luz. Luego, viene Chou, cuano el gallo canta. En Yin comienza a clarear. El sol sale con Mao. En Chen es de día y se desayuna. Con Sz ya está planeado el trabajo del día. En Wu el sol alcanza su máxima altura. Y la tarde comienza a caer en Wei. Con Shen las familias se reúnen alrededor de la mesa para cenar. Y el sol se pone en Yu. En Hsü desaparecen los últimos vestigios del crepúsculo; finalmente, la gente se retira a descansar en Hai, abriendo las puertas a un nuevo ciclo.

En cambio, cada etapa del Cielo ocurre cada diez mil ochocientos años. A la época de Hai se la conoce como Caos, porque no habían seres humanos ni los principios masculino y femenino. En Dhzu comenzaron a actuar las fuerzas creativas de la luz. Se formaron el sol, la luna, las estrellas y los restantes cuerpos celestes. Lo mismo ocurrió con la tierra durante la época de Chou. A partir de los principios masculino y femenino, siguiendo el mandato del Cielo, surgieron todas las cosas, formadas por los cinco elementos esenciales: el agua, el fuego, el metal, la madera y la tierra. Se llama época de Yin cuando los dos principios, yin y yang, se unieron y aparecieron los animales y los humanos. Así quedaron establecidas las tres fuerzas de la naturaleza: el Cielo, la Tierra y el Humano.

Después de que Pan-Ku pusiera en orden el mundo y finalizara el mandato de los inmortales, el mundo fue dividido en cuatro continentes. El del este se llamó Purvavideha, Aparagodaniya el del oeste, Jambudvipa el del sur y, finalmente, Uttarakuru el del norte. En este libro sólo nos ocuparemos del situado en el este.

Al otro lado del océano se hallaba Ao-Lai, con su famosa Montaña de las Flores y Frutos. En sus cumbres cantan los fénix, mientras que a su pie descansan los solitarios unicornios. Por todos lados se oye el lamento de los faisanes, que buscan las cuevas en las que habitan los dragones. En ese lugar extraordinario la hierba nunca se seca ni las flores se marchitan. La primavera es eterna y en todos lados puede verse el verdor de cipreses y pinos, aliados de la vida. Los melocotoneros están siempre en flor y los bambúes alcanzan tales alturas que a veces llegan hasta las nubes.

En la cumbre de esa extraordinaria montaña había una roca inmortal. Tenía una altura de trescientos sesenta y cinco centimetros y un perímetro de doscientos cuarenta centímetros. Poseía nueve agujeros profundos, por las nueve constelaciones, y otros ocho menores, por los planetas. En su interior empezó a crecer un ser sobrenatural. Un día se abrió y dio a luz un huevo de piedra, que se transformó en un mono de piedra. Luego de aprender a correr y subirse a los árboles, se inclinó, en reverencia hacia los cuatro puntos cardinales, y de sus ojos salieron dos rayos potentísimos, que llegaron hasta el Palacio de la Estrella Polar. Su luz era tan fuerte que llamó la atención del Señor del Cielo, el Emperador de Jade. Sorprendido por el brillo extraordinario, ordenó a Mil Ojos y a Oídos de Viento que abrieran la Puerta Sur del Palacio Celeste, para averiguar de dónde provenía semejante fenómeno. Luego de analizar la situación, regresaron y le informaron:
—Señor, esos potentísimos rayos provienen de la Montaña de las Flores y Frutos. Allí nació un mono de piedra. Los rayos han partido de sus ojos. Pero no se preocupe, que el mono se ha puesto a comer y a beber; y pronto perderá todo su poderío.
—No me parece —contestó el Emperador—. Porque las criaturas del mundo surgieron de la unión del Cielo y la Tierra.

Para entonces el mono había crecido. Se alimentaba de frutos y bebía de los arroyos que surcaban la isla. No tardó en hacerse amigo del tigre, el lagarto, el lobo, el leopardo y el ciervo, aunque creía que los monos eran su auténtica familia. Por la noche dormía en cuevas. El tiempo transcurría con lentitud.

Sin embargo, una mañana hizo tanto calor que se puso a jugar con otros monos a la sombra de unos pinos. No se olvidaban de inclinarse ante el Cielo, presentando sus respetos a los budas. Pero no por ello dejaban de ser animales revoltosos. Cuando se cansaban, se ponían a buscarse pulgas. Otro día, los monos salieron a correr por los arroyos y llegaron hasta una catarata. Al verla, se quedaron asombrados. Los monos se pusieron a aplaudir, hasta que uno se atrevió a decir:
—El que se atreva a cruzarla y vuelva sano será nuestro rey —Nadie se animó a responder inmediatamente, hasta que, desde muy atrás, el mono de piedra gritó.
—¡Yo lo haré!
Era un mono realmente valiente. No es extraño que su fama se haya mantenido hasta nuestros días. Se lanzó contra la columna de agua con seguridad. Cerró los ojos, tomó impulso y saltó a través de la cascada. Cuando sintió que ninguna gota caía sobre su cuerpo, volvió a abrirlos y comprobó, asombrado, que estaba ante un puente que brillaba. Subió hasta la parte más alta y desde allí descubrió un palacio con innumerables habitaciones, pero no se veían a ninguno de sus moradores. Sus muros habían sido labrados con motivos florales. No lo podía creer, parecía un sueño. Miró hacia los lados y descubrió una inscripción de piedra que decía: “Ésta es la tierra sagrada de la Montaña de las Flores y Frutos. Es la Caverna Celeste que esconde la Cascada”.

El mono de piedra estaba tan contento que decidió regresar a contárselo a sus hermanos. Volvió a cerrar los ojos y, tomando impulso, atravesó, una vez más, el muro de agua. Al llegar les dijo:
—¡Qué suerte he tenido!
—¿Qué hay al otro lado? —preguntaron los monos.
—He visto un puente desde el que se observa una espléndida mansión. Opino que se trata del lugar ideal para quedarse a vivir. Puede albergar a miles de seres de toda edad y condición. Vayamos y olvidémonos de vivir a la intemperie. Allí nos protegeremos del viento y encontraremos abrigo contra la lluvia.
—Si es verdad lo que dices, ¿qué esperamos para entrar en ese mundo? —exclamaron los monos.
—¡Adelante, muchachos! ¡Siganme todos! —les contestó contento el mono.

Todos se animaron a saltar y fueron a parar encima del puente; pero pronto se abalanzaron sobre los hornos y platos de piedra, luchando maleducados por los tazones y las sillas. La batahola sólo amainó cuando se quedaron sin fuerzas y se echaron a descansar. El mono de piedra se sentó entonces en el sitio más elevado y les dijo:
—Como ustedes bien saben, habíamos acordado que quien traspasara la cortina de agua y volviera sin sufrir daño sería nombrado su rey. Pues bien, yo lo he hecho no una vez, sino dos; y he tenido la delicadeza de traerlos a vivir a un lugar tan privilegiado como éste, para que gocen de sus maravillas junto a sus familias. ¿Se olvidaron tan pronto de la promesa? ¿Qué clase de mono son que no cumplen con su palabra?
Al oírlo, todos los monos se sintieron avergonzados y, cruzando las manos sobre el pecho, le mostraron respeto. Al terminar gritaron todos a la vez:
—¡Viva nuestro rey!
Así el mono de piedra empezó a ser conocido como el Hermoso Rey de los Monos. Su inteligencia era tan profunda que llegó a penetrar en el misterio del Gran Tao y a conocer el secreto de la vida. Sin pérdida de tiempo, seleccionó a los más valientes e inteligentes de sus súbditos y los nombró ministros y oficiales.

Un día, después de cuatrocientos años de reinado, el Rey de los Monos se puso triste durante el banquete. Los otros monos le preguntaron:
—¿Se puede saber qué es le pasa?
—Aunque he de admitir que ser Rey ha traído la paz a mi espíritu —respondió el mono de piedra—, el no saber qué va a pasar en el futuro me ha puesto inquieto.
—¡Vamos, majestad! —exclamaron los monos, soltando la carcajada—. ¿No le gustan los banquetes que hacemos a diario? Hasta los inmortales tienen envidia de nuestra existencia. Además, hemos escapado de la influencia del hombre. ¿Qué bendición puede haber más grande que esta independencia?
—Es verdad todo eso y que ni siquiera la vejez tiene poder alguno sobre nosotros —admitió el Rey de los Monos—. Pero eso no quiere decir que hayamos escapado a la influencia de Yama, el Rey de Ultratumba. ¿De qué nos habrá servido vivir tanto tiempo, si hemos de morir?

Al oírlo, los monos se llevaron aterrados las manos a la cara y empezaron a llorar desconsoladamente. Sin embargo, se adelantó uno de los monitos y dijo con convicción:
—Como muy bien sabe, dentro de los seres vivos, sólo hay tres que han logrado escapar a Yama, el Rey de Ultratumba.
—¿Y tú sabes cuáles son? —le preguntó el Rey de los Monos.
—Por supuesto que sí —respondió—. Los únicos que no están sujetos a la muerte son los budas, los inmortales y los sabios. Sólo ellos escaparon a la serie infinita de nacimientos y muertes que nos aguarda a los demás.
—¿Sabes dónde viven esos seres tan extraordinarios? —volvió a preguntar el Rey de los Monos.
—Claro, habitan en las cavernas de las montañas inmortales del continente Jambudvipa, que se encuentra hacie el sur.
—En ese caso —concluyó el Rey de los Monos—, mañana mismo abandonaré esta montaña y partiré en su busca. Cuando los haya encontrado, permaneceré a su lado hasta que me hayan transmitido el secreto de la eterna juventud; y así me libraré para siempre del Rey Yama.
Todos aplaudieron entusiasmados, mientras se decían unos a otros:
—¡Qué maravillosa idea ha tenido nuestro Rey! Mañana le brindaremos un espléndido banquete de despedida.

Al finalizar el banquete, todos descansaron. Y, al otro día, el Rey se levantó muy temprano y convocó a todos para darles instrucciones muy precisas sobre el viaje:


—Corten pinos y construyan una balsa con ellos. Y preparen frutos con los que pueda alimentarme.

Cuando estuvo todo listo, montó en la balsa y se adentró en las aguas del océano inmenso. El viento le ayudó soplando. El Rey de los monos lograba vaciarse de todo y lanzarse a la búsqueda del misterio de los orígenes y la muerte. Al llegar a las costas del continente, saltó de la balsa y nadó con hacia la playa. El lugar estaba lleno de gente atareada. Algunos pescaban; otros cazaban patos salvajes; había quien se dedicaba a la busca de almejas en la arena. Pero, cuando vieron acercarse al Rey de los Monos, feo como una bestia, todos corrieron a esconderse. Sólo uno, que no tenía miedo a nada, siguió en su sitio, sin prestarle atención. Al acercarse el mono, le prestó sus ropas. De esa forma, pudo pasar desapercibido entre los hombres. Así, recorrió ciudades y pueblos, anduvo por lo mercados, habló con unos y trabó amistad con otros, descansó durante la noche y llenó la barriga durante el día; pero en ningún momento se olvidó de los budas, los inmortales y los sabios, poseedores del secreto de la eterna juventud. Descubrió que a los hombres sólo les interesa la plata y hacerse famosos, sin importarles para nada el fin que les espera. Ni uno solo de los que conoció mostró jamás preocupación por la muerte.

Durante nueve años cruzó ciudades y mercados, hasta que llegó al otro lado del continente. Allí estaba el Gran Océano Occidental. Era tan inmenso que pensó en meterse en sus aguas, seguro de que los inmortales habitaban más allá del horizonte. Se construyó una nueva balsa. Tras muchos meses de navegación, arribó a las lejanas costas del continente de Aparagodaniya, que se encuentra al oeste. Parecía deshabitado. Se metió en la selva y descubrió una impresionante montaña, cuya punta llegaba hasta las nubes. Entonces, se lanzó a la conquista de la cumbre, sin importarle el peligro de los lobos, las alimañas, los tigres y las panteras. El Rey de los Monos no temía a nada.

Cuando llegó a la cumbre de montaña tan singular, le pareció oír una voz de hombre, que venía del interior de la selva. Alguien estaba cantando una canción, que decía: “Soy un amante del ajedrez, pero lo que más me gusta es cargar el hacha al hombro. Adoro el sonido del acero al cortar la madera fresca; sin embargo, lo que de verdad me apasiona es dirigirme a la entrada del valle, sudando por el peso de la leña para cambiarlo por bebida a mis vecinos. Entonces me siento tan feliz que río sin preocupaciones, como si, en vez de un hombre, no fuera más que un chiquillo. No me importa que la llegada del invierno haya pintado los caminos de escarcha y las cumbres de nieves. Mi mundo es el bosque. Tumbado miro la luna, las raíces de pino me sirven de almohada. A la mañana voy al mercado para cambiar la leña por arroz. Jamás discuto su precio, porque no busco el enriquecimiento. Mi vida es tranquila y sigo el camino de los inmortales y los maestros taoístas.

Cuando el Rey de los Monos lo oyó, se llenó de una profunda alegría y se dijo con esperanzas:
—¡Así que los inmortales se esconden en este lugar! ¿Quién lo hubiera dicho? —Caminó hasta donde estaba el leñador y dijo —¡Eh, inmortal, no te vayas! Necesito que me enseñes tu secreto, porque la muerte me aterra y no me deja vivir tranquilo.
—¿Inmortal yo? —exclamó el leñador, tan avergonzado que dejó caer al suelo el hacha—.¿Cómo voy a ser un inmortal, si apenas tengo lo suficiente para vestirme y alimentarme?
—Entonces, si no eres un inmortal, ¿cómo hablas su misma lengua? —preguntó el Rey de los Monos sorprendido.
—¿Qué he dicho para que te hayas hecho una idea tan equivocada de mí? —respondió el leñador—.
—Vamos. No seas tan humilde —contestó el Rey de los Monos—. Te escuché que cantabas una canción que terminaba así: “sigo el camino de los inmortales y los maestros taoístas”.
—Yo no sé nada de esas cosas —respondió el leñador, después de reírse—. Esa canción forma parte de un poema que se llama “Una corte habitada por tontos”, que me enseñó un vecino. Él sí es inmortal y, al verme con preocupaciones, me aconsejó que lo recitara cuando estuviera sin fuerzas. Según me dijo, traería paz a mi espíritu y desaparecerían mis problemas.
—Pero, si eres vecino de un inmortal —preguntó el Rey de los Monos—, ¿cómo es que no sigues sus enseñanzas?
—¿Para qué quiero yo una juventud eterna? —contestó el leñador—. Mi vida ha sido muy dura y tengo que trabajar mucho para cuidar a mi madre. ¿Entiendes que no puedo dedicarme a las enseñanzas de mi vecino?
—Eso no tiene nada que ver —concluyó el Rey de los Monos—. Tarde o temprano serás recompensado. Ahora, me gustaría que me llevaras hasta donde vive el inmortal. Así podré pedirle que me transmita sus enseñanzas.
—Está muy cerca de aquí —explicó el leñador—. Este lugar se llama la Montaña del Corazón y la Mente. Y hay una cueva llamada de las Tres Estrellas y la Luna Menguante, dentro de la cual habita un inmortal. Se llama Subodhi. Actualmente enseña a unos treinta o cuarenta discípulos. Este camino te lleva directamente hasta allí. Síguelo sin desviarte a la derecha o a la izquierda y, antes de que te des cuenta, habrás llegado a su puerta.

El Rey de los Monos se dirigió al camino que le había señalado el leñador. Era estrecho y sinuoso. Avanzó hasta que llegó a la entrada de la cueva. La puerta estaba cerrada. No se atrevió a llamar la puerta. Se subió a un pino y se puso a comer. Al rato oyó la puerta y vio salir de la cueva a un joven inmortal. Llevaba dos cintas de seda atadas a la cabeza y vestía una túnica.  Tanto su cuerpo como su rostro tenía una extraña luz. Daba la impresión de estar por encima de todo dolor, pero levantó de pronto la voz y gritó:
—¿Se puede saber quién está ahí haciendo ruido?
El Rey de los Monos saltó a toda prisa del pino y respondió:
—Soy un humilde buscador de inmortalidad, que lamenta haber molestado.
—¿De verdad estás interesado en el Tao? —volvió a preguntar el joven, soltando una carcajada.
—Así es —reconoció el Rey de los Monos.
—No necesitabas contestarme —afirmó el joven—. Ya lo sabía. Hace unos minutos mi maestro iba a darnos sus enseñanzas, cuando, de pronto, me dijo: “Ahí afuera hay alguien que quiere penetrar en los secretos del Tao. Sal y dale la bienvenida en mi nombre y en el de todos los inmortales que aquí habitamos”. Así que he supuesto que serías tú.
—En efecto —contestó el Rey de los Monos sonriendo.
—En ese caso —concluyó el joven—, sígueme.

El Rey de los Monos se arregló las ropas como mejor pudo y entró en la cueva. Tras muchos giros y vueltas, llegaron ante una plataforma, sobre la que se hallaba sentado Subodhi. A su alrededor se hallaban treinta inmortales. Se sentía que era un ser sin principio y que jamás tendría fin, siempre meditando en la sabiduría del abandono. Era el auténtico Gran Sacerdote de la Iluminación. En cuanto el Rey de los Monos le vio, se echó al suelo y dijo:
—Sos, de verdad, el maestro más sabio que existe. Permítame ser su discípulo.
—¿De dónde eres? —lo paro el anciano—. Para convertirte en mi discípulo primero tienes que decirnos tu nombre y el país del que procedes.
—Yo procedo de la Cueva de la Cortina de Agua, que se halla en la Montaña de las Flores y Frutos en el país de Ao-Lai del lejano continente de Purvavideha.
—¡Echenlo inmediatamente de aquí! —le gritó entonces el anciano—. Es un mentiroso. ¡No entiendo cómo puede estar interesado en la iluminación de nuestra doctrina!
—¡Yo jamás he dicho una mentira en toda mi vida! —protestó el Rey de los Monos—. ¡Creame!
—¿Cómo quieres que creamos que procedes de Purvavideha, si entre ese continente y el nuestro hay dos grandes océanos, separados por el inmenso continente de Jambudvipa? Es imposible hacer un viaje tan largo. ¿No lo comprendes?
—Por ello, tardé más de diez años en llegar hasta aquí.
—Está bien, admito que tan interminable viaje pueda hacerse en etapas —reconoció el anciano venerable—. Pero para saber si es verdad, me gustaría saber cuál es tu natural.
—Mi forma de ser es tranquila —explicó el Rey de los Monos—. Si alguien me insulta, no me pongo mal. Yo soy de los que piensan dos veces las cosas antes de hacerlas y, de esta forma, logro dominar los ataques de ira.
—Entiendo que sabes hablar —le reconoció el anciano venerable—. Pero al preguntarte por tu natural no me refería a tu carácter, sino al nombre de tus padres.
—Yo no tengo padres —contestó el Rey de los Monos.
—¿Quieres decir que naciste de un árbol? —preguntó el anciano de modo burlón.
—Por supuesto que no —respondió el Rey de los Monos—. Yo nací de una roca de la Montaña de las Flores y Frutos. Un día se abrió de repente y de ella salí yo.
—Bien. Eso aclara tu origen. Muy pocos pueden decir que tienen al Cielo y a la Tierra como padres. Ahora, si no te importa, me gustaría verte andar.

El Rey de los Monos se puso de pie, lo más derechito que pudo, y dio un par de vueltas alrededor. Pero, al ver su andar, el anciano venerable soltó una carcajada y dijo:
—Aunque tu rostro es atractivo, hay que reconocer que, por tu modo de andar, te pareces a un mono. Como todavía no tienes nombre y tu aspecto es el de una bestia, te llamaremos Hu, que significa anciana. Pero, como una mujer anciana no puede tener hijos, voy a ponerte de apellido Sun, que significa bebé. Porque, dentro de la tradición del tao ocupa un lugar muy importante la infancia.
—¡Qué hermoso! —exclamó contento el Rey de los Monos, sin dejar de inclinarse ante su venerable maestro—. Por fin he recibido un apellido. Sin embargo, quiero pedirle un favor. Me gustaría poseer también un nombre como todo el mundo.
—Déjame pensar —dijo el anciano venerable—. A todos mis discípulos les di un nombre basado en los doce principios, según el rango que ocupan. Y tú perteneces al décimo nivel.
—¿Qué principios son esos? —preguntó interesado el Rey de los Monos.
—Lo ancho, lo grande, lo sabio, lo inteligente, lo verdadero, lo adecuado, lo natural, lo acuoso, lo agudo, lo despierto, lo completo y lo alerta —contestó el anciano venerable—. Tú perteneces a “lo despierto”, que se dice “wu”. Por eso te pongo de nombre Wu-Kung, que significa “despierto a la nada”. ¿Te parece bien?
—¡Es realmente espléndido! —exclamó el Rey de los Monos, llorando de agradecimiento—. De ahora, todo el mundo me conocerá como Sun Wu-Kung.

El Rey de los Monos estaba entusiasmado con su nuevo nombre y estaba ansioso por conocer el misterio del Tao. Pero esto continúa en el capítulo siguiente.

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